
Cuando al abrir los ojos me seguía rodeando una extrema oscuridad, y un silencio sordo acentuaba el pitido que retumbaba en mis oídos… comprendí que jamás saldría de aquel cajón.
Degustaba con ávido placer el regusto amargo de su vómito. Cada día después de comer Rosa realizaba las mismas acciones: se levantaba sigilosamente de la mesa, y con paso firme y decidido se introducía en el baño. Sacaba la libretita de su bolsillo izquierdo y miraba con detenimiento la anotación que había realizado apenas media hora antes: 530 gramos de pechuga de pollo a la plancha y 203 gramos de patatas asadas. Contrastaba sus anotaciones con la báscula, y luego se dirigía al frío agujero ciclópeo que la observaba con un brillo bizarro y un olor a pino sintético. Se inclinaba sobre aquel orificio y se introducía los dedos índice y anular por la boca hasta tocar la campanilla, que al notar el leve traqueteo de las yemas de sus dedos y como si de un resorte mágico se tratara daba paso a las arcadas que le ayudarían a purificar su organismo. Con los ojos empañados y paladeando el sabor amargo de la victoria tiraba de la cadena y veía con júbilo cómo aquella pasta engordante se introducía esta vez por lo más profundo de aquel bendito agujero…
¡¡¡¡¡¡¡¡¡TACHÁNNNNNNNNNNNNNNNNNNNN!!!!!!!
Paco el Mago acababa de finalizar su cutre actuación. De entre el público surgió el sonido de un tímido aplauso… una niña de trenzas rubias aplaudía apiadándose de él. Lo que nadie sabía era que él, Paco el Mago sería más famoso que el gran Houdini… Y lo que nadie podía saber era que las salidas habían sido bloqueadas…
… y el fuego comenzaba a propagarse entre bambalinas…
Mañana sería el mago más famoso de la historia.