
Se fue.
Sigilosamente.
Bajó uno a uno los peldaños que descendían hacia el jardín comunitario, y se marchó.
Para siempre.
Creía que lo nuestro era de verdad, una historia de amor de esas que llenan los cines, revientan taquillas y transforma el amor en productivo merchandising…
Pero se fue.
Quién me lo iba a decir hace tres años, cuando nuestros caminos se cruzaron. Él, sentado sobre un banco, dejaba que el sol le acariciase esa carita tan dulce. Yo, atareada como siempre, llegaba tarde a una cita, una de esas tantas que acaban en un simple café y un “ya te llamaré… si eso”. De pronto me miró, y esos ojos me hipnotizaron de tal manera que sentí como un pellizco en el estómago…
… y supe que él me haría más feliz que ningún otro hombre…
Tres años ha durado nuestra historia. Tres…
Ingrato, después de haberle servido día a día su comida favorita, de haberle dado todas las caricias del universo, todos los besos que me guardaba sólo para él… de haberle colmado de mimos y atenciones…
Tal vez debería haberte hecho caso, Fermín, pero caparlo me resultaba demasiado cruel.